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"Caí en idealizar la maternidad”
En una conferencia inédita hasta hoy, la psicoanalista Marie Langer
rectificó formulaciones de su famoso libro “Maternidad y
sexo”, y volvió a reflexionar sobre la condición femenina.
Cuando escribí Maternidad y sexo, en 1951, sucumbí a la
idealización de la maternidad. Es verdad que aclaro allí,
muy formalmente, que se puede ser mujer sin tener hijos, pero fue sólo
un gesto de cortesía para con las mujeres que no los tienen. Aprendí
de Juliet Mitchell que, en ese entonces, no estaba sola; éramos
muchas las que ideologizábamos tanto la maternidad como la lactancia.
Y, después, Elizabeth Badinter se refirió a eso con mucha
lucidez. Era la época en que todo parecía remitirse al vínculo
madre-hijo, lo que, generalmente, desembocaba en terapia familiar, donde
todos –o nadie– tienen la culpa. Pero, en ese momento, se
culpaba a las madres. Juliet Mitchell se pregunta por qué tantas
madres son culpables de tantas cosas y da una respuesta tal vez un poco
mecanicista y economicista, pero convincente. Había terminado la
guerra; volvieron los hombres del frente, las mujeres no mostraban mucha
disposición a perder sus logros y volver al hogar: entonces se
les impuso el abandono de sus puestos de trabajo diciendo: “Si no
vuelve al hogar, señora, si no se dedica tres o cuatro años
a cada niño, su hijo puede volverse delincuente, drogadicto, esquizofrénico”.
Y se exageraba mucho insistiéndoles a las madres para que resignaran
sus propias ambiciones, sus posibilidades, sus capacidades, para entregárselas
al niño, al futuro del niño, a la crianza del niño.
Entonces: ¿se trata de teorías o se trata de ideologías?
¿Es todo cuestión de modas? ¿Son sólo causas
económicas las que están en juego?
Es bien sabido por ejemplo que, antes de la Segunda Guerra Mundial, tanto
Hitler como Mussolini pusieron el énfasis en la mujer en cuanto
madre, ama de casa. Las tres “K” de Hitler: Kinder, Kuche,
Kirche (niño, cocina, iglesia).
Pero después, a medida que la guerra progresó y faltaron
los hombres, las mujeres dejamos de lado a los niños y los enviamos
a las guarderías, cosa que hasta entonces había sido considerada
una conducta desnaturalizada. Y las mujeres se incorporaron al trabajo
extra-hogareño y fueron al frente. A partir de allí encontramos
a las mujeres en cualquier actividad. Después, cuando vino la época
de crisis, las mujeres “tuvieron” que regresar al hogar, a
formar parte del ejército de reserva laboral del cual hablaba Marx.
Es muy difícil definir cuál es la disposición biológica
a tener un hijo, porque lo biológico viene de un lado y, del otro,
lo social y lo cultural. Sí. Es seguro que las mujeres somos diferentes
de los hombres; es absurdo jugar al unisex. Tenemos un aparato biológico
capaz de procrear hijos y tenemos una situación social que influye
en nuestros deseos, en nuestras posibilidades y en nuestras ideologías.
También tenemos un cerebro que no difiere del hombre, aunque sea
un poquito más liviano. Tenemos un cerebro más liviano,
pero no somos más livianas que los hombres. Conozco hombres que
son mucho más livianos que algunas mujeres. Y, aunque sea muy difícil
de discernir, lo importante en mi profesión de analista es enfocar
estrictamente cada caso y ver si la renuncia al hijo para la autorrealización
es necesaria. No necesaria: si es útil o si es inútil.
Y aquí quisiera tomar en cuenta no solamente lo consciente sino
también los factores inconscientes. Sabemos que tenemos un deseo
consciente y que tenemos, también, un deseo inconsciente. Pongamos
el caso de la decisión consciente de tener un hijo y no poder quedar
embarazada, aunque la anatomía lo permita. Pongamos el caso de
asumir la alternativa de no tener un hijo porque estudio tal carrera,
porque arruinaría mi desempeño laboral. Detrás de
esta decisión, aparentemente tan lineal, tan fácil, hay
una larga problemática que no queda resuelta. Desde que somos conflictivos
como seres humanos, desde que somos ambivalentes como seres humanos, no
hay decisiones limpias, cortantes, sino que siempre, tras una decisión,
queda algo de la otra. Y después está ese otro problema
tan conocido: el “drama de la mujer que trabaja”. No me refiero
a las mujeres que trabajan por necesidad económica, no me refiero
a las obreras que juegan su propia supervivencia en el trabajo o a aquellas
que indefectiblemente tienen que aportar algo a la casa. Hablo de las
mujeres de clase media que trabajan porque les gratifica su trabajo, porque
no quieren delegar en el esposo o en sus hijos su propio mantenimiento.
Aludo a las mujeres que, si les viene bien ganar dinero, su vida no depende
de eso. Bueno, esas mujeres están constantemente en conflicto con
las exigencias del esposo, las exigencias de los niños y las exigencias
del trabajo. Se sienten sobrecargadas, y lo están. Tienen la permanente
sensación de no cumplir nada bien y de estar siempre en falta y
tironeadas.
Y me refiero también al inconsciente. Supongamos que tenga un marido
muy comprensivo, de todas formas ella sentirá que no hace las cosas
tan bien para él como las hizo su madre con su padre, y su suegra
con su marido. Después vendrán los niños, muy bien,
pero, al fin, los niños algún problema tendrán. Entonces
cree –le hicieron creer, y el psicoanálisis de posguerra
con Winnicott, Spitz, Dolto, Raskovsky ayudó mucho a eso–
que si el niño tiene algún problema, la culpa es suya porque
trabaja y no se dedica al famoso vínculo madre-hijo toda la vida.
Y en el trabajo, ¿quién no fracasa a veces en el trabajo?,
¿quién no va a veces con desgano? Pero para las mujeres,
la mala conciencia nos hace sostener la convicción de que eso nos
pasa porque hacemos demasiadas cosas; porque hacemos más cosas
de las que deberíamos. Y ahí aparece un conflicto con el
ideal del yo, con el modelo ideal de madre y de mujer, como una supone
que debería ser. Y, también, con el superyó de la
mujer. El superyó que, como dice Freud, viene siempre de las generaciones
pasadas: las sagradas obligaciones.
En cambio, los hombres de hoy, si bien están en crisis porque tienen
que adaptarse a convivir con mujeres más independientes, no tienen
tantas exigencias. Sus modelos ideales, los estereotipos masculinos no
cambiaron tanto, aunque a veces puedan sentirse mal si la mujer gana más
que ellos o si no pueden mantener el hogar como querrían. Sí,
pienso que las mujeres estamos más confundidas que los hombres
en cuanto a qué es lo que deberíamos hacer o lo que no deberíamos
hacer. Por ejemplo: ¿qué les pasa a las mujeres que, habiéndose
realizado en la maternidad o no, les ganan a los hombres? Analíticamente,
clásicamente (lamentablemente, muchos analistas lo dicen), las
mujeres que pretenden trabajar, estudiar, ganar dinero, son acusadas de
envidiar los privilegios que tienen los hombres, cuando no de querer castrarlos:
la famosa envidia fálica. Eso no es cierto. ¿Queremos realmente
castrar al hombre, o admiramos y reclamamos para nosotras el lugar de
privilegio que los hombres ocupan en nuestra sociedad patriarcal? Melanie
Klein dice que la envidia fálica es secundaria y Lacan dice que
estamos castrados, tanto hombres como mujeres, así que viene a
ser casi lo mismo. Yo no lo sé. Sin embargo, algo de eso hay en
nuestro inconsciente y –no tengo dudas– los analistas deberíamos
interpretarlo, pero no reforzarlo superyoicamente.
Freud dice que cuando uno se enamora, reviste narcisísticamente
con todas sus cualidades al objeto de su amor. Eso pasa tanto con el hombre
como con la mujer, pero yo diría que a las mujeres nos pasa un
poco más. Las mujeres tenemos la necesidad de transformar a nuestros
hombres en seres importantes; tenemos la necesidad de idealizarlos; de
creernos y hacerles creer que son geniales. Las mujeres delegamos mucho
más en ellos de lo que ellos delegan en nosotras. Los cuidamos
y, dado que somos madres y hemos criado hijos varones, nos damos primero
a la tarea de armarlos como figuras omnipotentes, para después
protegerlos y evitar que se derrumben. Y esto es así hasta que
nos cansamos y nos divorciamos. Entonces, “los hacemos pedacitos”.
¿Por qué es tan fácil “hacerlos pedacitos”?
No es por culpa de ellos. Se debe a que los hemos idealizado tanto, a
que los hemos amado y armado tanto, que es difícil, después,
no ceder a nuestra ira guiadas por el resentimiento; es difícil,
después, rebelarnos a nuestro propio superyó. Porque, aunque
seamos feministas, aunque declamemos nuestra convicción de que
la mujer vale tanto como el hombre, en el inconsciente no la tenemos tanto.
* Fragmento de una conferencia pronunciada en Madrid, en 1984, por invitación
de Hernán Kesselman. Texto establecido por Juan Carlos Volnovich.
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